El arte de recordar: sentidos, memoria y permanencia en la poesía de Jorge Fernández Granados
- Palabra que dormía

- 21 dic
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Los tres poemas que aquí se presentan, «La perfumista», «Los ojos» y «Los fantasmas», forman un pequeño recorrido por las distintas maneras en que la poesía puede dialogar con la memoria, el amor y la pérdida. Cada texto, desde su propio tono y territorio simbólico, se adentra en esa zona donde los sentidos, la emoción y el pensamiento se entrelazan para revelar lo invisible que habita en lo cotidiano.
En «La perfumista», la palabra se impregna de aromas: el poeta retrata a una mujer que, entre frascos y esencias, convierte su oficio en un acto de sabiduría y evocación. «Los ojos» transita hacia lo íntimo, hacia la mirada que pesa y persiste como herencia del amor y la culpa. Allí, la emoción se vuelve claridad y despedida. Finalmente, «Los fantasmas» cierra el conjunto con una reflexión serena sobre la memoria y la ausencia, recordándonos que recordar también es una forma de aprender a vivir.
Estos poemas, tomados de Los hábitos de la ceniza y Principio de incertidumbre, revelan una voz poética madura, contemplativa y profundamente humana. En ellos, el lenguaje se despliega como un perfume, una mirada o una sombra, algo que permanece, incluso cuando parece desvanecerse. Son poemas que invitan a oler, mirar y recordar con la misma intensidad con que se ama.
Araceli Gutiérrez Olivares
Poesía
LA PERFUMISTA
Urna de otras reliquias
ante la babilonia de cristal de los estantes
olisca el seco olor del palisandro, la resina
de estoraque (Venus)
o el aroma lunar de la alhucema.
En las alturas habitadas por el polvo
ubica, con orientación de pájaro, los sitios
migratorios de los frascos:
el ámbar gris junto al pebete
y la sortija de durazno del almizcle,
el emoliente de la mirra, la cananga
siamesa que no conoce el frío, el cinamomo,
la perezosa goma del gálbano, el aura de la algalia
y la aromosa Quío de trementina.
Su anciano cuerpo de nao
navega los no muchos
metros cuadrados del negocio
en donde devanó una vida de vahos.
Humecta el heliotropo, el rayado
corazón del opopánax, fija el aceite
de lilas sumisas, glicinas, rododendros,
el caminante jazmín (lavándula, retama).
Líquidas querencias que sahúman
un instante el aire
con un destello o un enigma
en las narices de los legos.
Ella sonríe (ojos bilingües) satisfecha
del uso y del atisbo y del aviso
que su olfato le argumenta. Reconoce
a tiempo, como nadie,
cada temperamento
del planeta de las rosas o aquel dragón
de la gardenia.
(Algún día la busqué en su biblioteca de espíritus. Yo quería hallar uno. Tuvo conmigo la paciencia de una pitonisa: probaba, negaba, mezclaba y volvía a probar. Dimos por fin convla síntesis, la sintonía del perfume que mi memoria guardó años atrás junto a la imagen devuna muchacha en la playa a medianoche con los labios en un verso de Lorca: y que el marvrecordó ¡de pronto! los nombres de todos sus ahogados. Salí de allí con un frasquito. Ella tenía ese lugar de mí en un rincón de sus vitrinas).
Cálidamente sus muñecas
son un matraz
de enfrascados universos
que frota y airea para regocijar las aletas
de su nariz octogenaria.
Cajas, etiquetas que
ella dictamina con el catálogo de un gusto
desconocidamente enciclopédico
mientras afina el pianoforte de
una armonía aromática.
Puede que exista casi un siglo de ciencia
en esa silla. Por lo menos la esencial
de los detalles.
De Los hábitos de la ceniza
EL BAILE
Me pesarán tus ojos
de aquí hasta la muerte.
La culpa ha sido mía:
yo no debí mirarlos.
Creo que cabe mi vida
en la esférica tristeza de tus ojos
que parecen de siempre estar mirando
tras la lluvia en el cristal de una ventana
otra lluvia, ya borrada. Otra lluvia.
Qué silenciosamente cabe un mundo en esos ojos
y me pregunto dónde terminan,
cuál es la orilla oscura del relámpago que guardan.
Qué antiguamente caen estrellas
al fondo de esos ojos,
qué justicia o qué barbarie o qué secreto
les dio tal vez la ingobernable luz del cielo.
Ahora que la noche será mi enorme casa
voy a llevar tus ojos oscuramente míos.
Con ellos, la luz será un recuerdo
íntimo y sencillo.
Quiero habitar en ellos sin peso, vaga forma
detenida un instante
en la amorosa memoria de su fuego,
sólo para estar en ti, contigo,
en esa última razón
de mí que son tus ojos.
De Los hábitos de la ceniza
LOS FANTASMAS
el arte de olvidar comienza recordando
alúmbralos escúchalos una vez más
devuélveles un cuerpo
a tus fantasmas
esa demorada forma de decir adiós
a lo que fue y amaste y ha brillado
con su huella imperfecta pero firme
en el recuento de las cosas
que guardarías como un tesoro
hay que amarlos hasta que se vayan
mirarlos hasta que desaparezcan
oírlos hasta que el silencio
detenga al fin su corazón
herido todavía de palabras
pudiera hablar a través de su llegada algo que no se ha ido
del todo un mendicante
amor que extravió en alguna encrucijada
su camino de regreso
o sólo cierta vieja luz
que por momentos vuelve
no huyas de ninguno
recuerda que todos como tú mismo están de paso
dales audiencia y justicia
con la misma dignidad que a los vivientes
pues si los ignoras
habitarán tus actos
porque también forjan los invisibles eslabones de tu miedo
déjalos alumbrarte desde su ausencia
acaso el itinerario de vivir
requiere presenciarlos
y ellos son la mitad de su belleza
ten presente que el arte de aprender
también comienza recordando
De Principio de incertidumbre
Entrevista
Hoy tenemos el privilegio de entrevistar a Jorge Fernández Granados. Su poética nos habla de los sentidos, la memoria y la escritura. ¿Cómo fue tu acercamiento a la poesía, Jorge?
Creo que fue natural, e incluso podría decir doméstico, pues, hasta donde recuerdo, siempre hubo en mi entorno familiar una atención y un respeto por la palabra, sobre todo por la palabra escrita. La palabra más poderosa provenía, casi siempre, de los mayores y de la tradición. Es decir, la palabra era como una reliquia misteriosa y venerable. Lo más alto que podía alguien decir, por ejemplo, en los momentos más importantes de la vida, era una profunda frase, una oración, un poema citado. Supongo que aquel fue mi primer encuentro, inconsciente, con lo que después entendí que era la poesía.
Escuchar esta relación tan temprana y casi ritual con la palabra invita a pensar en las voces que han acompañado o resonado con tu propia búsqueda poética. ¿Quiénes son los autores con los que tu espíritu se siente más cercano?
Hay distintos autores y autoras decisivos ; por supuesto, pero ellos y ellas cambian a lo largo de la vida. Es como si hubiera, para cada momento y lugar de la experiencia, un sensei necesario, es decir un maestro que camina cien pasos más adelante y ya conoce e ilumina de algún modo el camino. Un camino que, cuando finalmente recorremos también, los reencontramos y admiramos. A lo largo de mi vida he sentido desde interés hasta devoción, por ejemplo, por Dante Alighieri, Fray Luis de León, Francisco de Quevedo, Luis de Góngora, Sor Juana Inés de la Cruz, Antonio Machado, Pablo Neruda, José Lezama Lima, Octavio Paz, Gonzalo Rojas, Olga Orozco, Alejandra Pizarnik, Raúl Zurita… En fin, podría citar aquí un centenar de nombres más, pero no voy a caer en la torpeza de pretender citar a todos, porque por cada uno de los nombres que yo apunte, habrá otros diez o veinte o cien tal vez igual o más que han sido para mí inagotablemente significativos.
Al escuchar esta constelación tan amplia de maestros, surge una duda que toca el origen mismo de la vocación y la formación del creador. A partir de tu experiencia, de esos caminos recorridos y esas voces guía, quisiera preguntar. ¿El poeta nace o se hace?
Ninguna de las dos. O, mejor dicho, ambas. Creo que no hay de verdad un poeta sin estas dos cualidades. Estoy convencido que alguien puede nacer con un don, pero si este no se desarrolla a partir de la voluntad y el esfuerzo no significa nada. Y, por el contrario, unas cuantas aptitudes, desarrolladas con tenacidad e insistencia, pueden lograr grandes sorpresas. Es un poco la fábula de la liebre y la tortuga: al fin puede más el trabajo persistente que el don innato. Pero la poesía pese a todo es un misterio… De aquello que se hace, con talento o con extremo ¿esfuerzo, de aquello que se dice, con sinceridad o con fortuna, ¿qué es lo que perdurará?
A partir de ese misterio que mencionas, de esa zona donde conviven el trabajo, el azar y lo indecible, surge una pregunta que intenta acercarse al corazón mismo de tu oficio. ¿Cuál es tu definición de poesía?
No tengo una definición de poesía… Precisamente creo que la poesía sería lo más indefinible del mundo. Creo que pretender definir la poesía es como pretender definir conceptos como la luz o el tiempo. Esto es, una noción o certeza, algo que todos podemos reconocer, percibir o detectar, pero somos incapaces de definir, por lo menos tras una fórmula absoluta.
Sin embargo, a lo largo de los años, ante esta reiterada cuestión, me gusta resumir mi respuesta a una definición, hecha por Ezra Pound, que me sigue pareciendo la mejor y más honesta y contundente: «Poesía es el arte de llenar a las palabras de significado». Las palabras, ciertas palabras, colmadas de significado y de fuerza para acompañar la vida, tal vez eso sea finalmente o algo tenga que ver con lo que llamamos poesía.
Desde esta concepción tan abierta y tan luminosa —como algo que escapa a la definición pero que colma de sentido nuestras palabras— emerge una inquietud dirigida a quienes comienzan a explorar ese territorio. Con tu experiencia y mirada, quisiera preguntarte sobre ¿qué consejo darías a aquellas voces que apenas empiezan a elevar su canto?
Que no se crean de antemano poetas. Todos somos, si acaso, buenos o malos artesanos de un oficio muy antiguo. El oficio de trabajar con las palabras. Que no se crean creadores de lo que ya existe. El idioma es de todos y al final es de nadie. Que sólo tengan la paciencia y el trabajo de aprender de aquella, su única materia, el lenguaje, y de la tradición que suma siglos de cimas, lo que no basta una vida para terminar de aprender. Saber hablar de todo eso, saber hablar de la vida, tal vez eso es o será la poesía.
A lo largo de esta conversación, se ha dibujado un mapa íntimo de tu relación con la palabra: desde esa primera cercanía doméstica y casi ritual hasta la constelación de maestros que han acompañado tu camino; desde la pregunta sobre el origen del poeta hasta la imposibilidad —y la maravilla— de definir la poesía misma. Tus respuestas revelan no solo oficio y lucidez, sino una profunda gratitud hacia aquello que permanece invisible pero decisivo en la vida creativa: la memoria, la tradición, el esfuerzo, el misterio.
Gracias por compartir estas reflexiones y por recordarnos que la poesía, más que un concepto, es una forma de estar en el mundo, una manera de significar, de acompañar y de iluminar la experiencia humana.

Semblanza
Jorge Fernández Granados (Ciudad de México, 1965). Poeta, narrador y ensayista. Ha publicado, entre otros, los libros de poesía Resurrección (Aldus, 1995, Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines), El cristal (Era, 2000), Los hábitos de la ceniza (Joaquín Mortiz, 2000, Premio Nacional de Poesía Aguascalientes), Principio de incertidumbre (Era, 2007, Premio Iberoamericano de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada), Si en otro mundo todavía. Antología personal (Almadía / Conaculta, 2012) y Lo innumerable (Era, 2018, Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares 2020). En 2025, ganó el Premio Internacional de Poesía de Fuente Vaqueros (Granada, España) por su libro Materia oscura. Ha publicado también los libros de ensayo El fuego que camina (Conaculta, 2014), Vertebral (Almadía, 2017) y, en colaboración con el autor, la antología de la obra poética de José Emilio Pacheco Los días que no se nombran (Era / El Colegio Nacional / UNAM, 2014). Fue becario del Centro Mexicano de Escritores en 1988 e ingresó al Sistema Nacional de Creadores de Arte en 2001. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, francés, portugués y chino, así como antologada por numerosas compilaciones en el ámbito de la nueva poesía hispanoamericana.





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