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El horror que fermenta: una mirada de Iñaki Sainz de Murieta


Los miedos rurales suelen transformarse en leyendas, y cuando aparecen bajo esa forma, poco a poco se integran en el alma colectiva, revelándonos una realidad que va más allá de lo evidente. En el cuento que hemos elegido de Iñaki Sainz de Murieta, «Él, la madre», el autor construye una atmósfera densa y perturbadora en la que la naturaleza adquiere un papel casi orgánico y vengativo. Con una prosa minuciosa y visual, Sainz de Murieta guía al lector desde la curiosidad científica del protagonista hasta su inevitable transformación, reflejando una de sus temáticas más recurrentes: la fragilidad del ser humano ante fuerzas naturales que escapan a su comprensión.


     Su mirada hacia lo inquietante, anclada en los paisajes del norte y en los mitos que los habitan, ha dado forma a una voz narrativa muy personal. Conversamos con Iñaki Sainz de Murieta sobre el origen de su escritura, las influencias que lo acompañan y los temas que dan forma a su obra.


Estimado Iñaki, háblenos sobre sus inicios como escritor. ¿Cómo empezó a escribir relatos y qué le llevó a elegir este género en particular?


     Como muchos otros, empecé en el colegio. Para el Día del Libro se organizaba un mercadillo de libros de segunda mano y, en Educación Primaria, se aprovechaba la ocasión para entregar los premios del certamen literario anual. Este se trabajaba en clase durante semanas, como parte de la programación didáctica, para que todos los alumnos participásemos y nos ilusionásemos con ello. Creo recordar que resulté ganador un par de años.


     Desde entonces, siempre he disfrutado creando nuevas historias. Nunca he dejado de hacerlo, pero ahora me considero un profesional reconocido. He publicado decenas de relatos en todo tipo de revistas y antologías, por lo que puedo asegurar que cuento con el interés del público y, por ende, del sector editorial, aunque, en estos momentos, mis últimas publicaciones tienden más a la novela, el ensayo y el cómic.


     Afortunadamente, salvo que algún acontecimiento ajeno a mi voluntad obligue a lo contrario, este año publicaré una nueva antología de relatos, esta vez de terror, donde también tienen cabida algunos relatos de ficción histórica que, por su crudeza, he querido que formen parte de este conjunto. Ojalá que guste la propuesta.


En sus relatos, la imaginación y la observación parecen entrelazarse con naturalidad. Pero toda historia tiene un punto de partida, una chispa inicial. ¿De dónde nacen sus ideas para crear una historia y cuál es su proceso?


     Cada relato tiene su historia particular. No hay dos iguales. Algunos de ellos son resultado de convocatorias literarias, por lo que existe una motivación extrínseca para llevarlos a cabo; los hay también que nacen de la más pura imaginación, como un exabrupto que debo consignar antes de que se me olvide y que me ocupo de reformular hasta que cobra vida propia; otros son resultado de situaciones reales, vividas en primera persona o no.


     En cuanto a los procesos, estos también son muy variados. En ocasiones el plazo viene marcado por agentes externos a la propia voluntad, mientras que otros surgen y se desarrollan de manera asíncrona. Por poner un ejemplo, ahora mismo estoy corrigiendo relatos que comencé a escribir hace más de una década. En su momento me parecía que las historias ya estaban terminadas, pero, volviéndolas a releer, con frecuencia me doy cuenta de que las posibilidades narrativas son mucho mayores, con lo cual es necesario volver a repensar y reestructurar la historia, para poder publicarla con las máximas garantías. Lo bueno de guardar textos en el cajón es que nadie sabe que existen hasta que no los publicas. Este tipo de situaciones me encantan y me frustran a partes iguales, porque muestran a la perfección la propia evolución del estilo y de la calidad literaria, validando el recorrido realizado a la vez que muestran la necesidad de ser humilde y de seguir formándome.


A lo largo de su obra, ha explorado distintos registros y escenarios, desde lo fantástico hasta lo íntimamente humano. Los temas son muy variados. ¿Hay alguno en particular que disfrute más escribiendo?


     Disfruto mucho probando distintos géneros, aunque alguno todavía se me resiste. Es una apuesta personal que considero necesaria para continuar con mi formación como escritor, que ya sabemos que requiere de muchas décadas de esfuerzo y dedicación. Aunque tengo mucha obra publicada, considero que aún estoy empezando, por lo que no quiero encorsetar mi obra, sino abrirla a nuevas experiencias, por más que siempre termina retornando al calor de los géneros y corrientes que más me apasionan.


     Dicho esto, si tuviera que elegir un movimiento de entre todos los demás, seguramente me quedaría con el realismo mágico, debido a la cantidad de opciones que ofrece a la hora de contar una historia y de la importancia del folclore en su narrativa. En segundo lugar elegiría el género de terror, porque me ayuda a comprender mejor lo que ocurre a mi alrededor, en nuestra sociedad, porque para lo que para mí puede ser una historia dantesca, para otros, desafortunadamente, es un suceso real. Desde el punto de vista antropológico es interesantísimo este aspecto, ya que nos ayuda a establecer los límites de lo moralmente aceptable, de lo ético y, también, de lo irremediablemente necesario.


Toda trayectoria literaria está marcada por obras que dejan una huella especial, ya sea por lo que significaron en el momento de su creación o por cómo fueron recibidas. ¿Tiene algún cuento, poema o novela que haya marcado su camino como escritor?


     La obra que más puertas me ha abierto y que más me ha ayudado a consolidarme en el sector ha sido, sin lugar a dudas, la colección juvenil «Las aventuras de Kanide» (Verbum, 2016-2023). Muchos docentes la han incorporado a su plan lector de cara a enseñar la Prehistoria de manera transversal, ya que la obra está contextualizada en el Paleolítico y ofrece una visión lo más realista posible de aquella época, basada en datos arqueológicos, para lo que aporta también fichas de arqueología experimental. De este modo, los padres e hijos pueden poner en práctica estas propuestas y vivirlas en primera persona.


     Por otro lado, mi reciente incursión en el mundo del cómic también me está dando muchas alegrías, ya que cuento en cartera con tres proyectos que estoy desarrollando en paralelo para dos editoriales.


     Si tuviera más tiempo, me dedicaría enteramente a ello, pero todavía me queda un largo camino para poder vivir de la escritura. Ojalá que esa circunstancia pueda darse algún día, pero no me obsesiona. Mientras tanto, seguiré trabajando con la misma pasión que siempre, sabiendo que muchos lectores disfrutan, tanto como yo, de los efluvios de mi imaginación.


Cuento



ÉL, LA MADRE


Había visto decenas de setas como aquella con anterioridad, puesto que las estrellas rojas —o izar gorri, como se las conocía por aquellas tierras— no resultaban extrañas en los montes de su entorno, si bien jamás había observado ninguna con el tamaño y las características de aquella. No, aquel no era un ejemplar cualquiera y necesitaba llegar hasta él. Pero, si quería acercarse, más le valía hacer uso de toda su maña, como también de los bastones de travesía que había llevado consigo.


     El ejemplar estaba ubicado en una empinada cuesta arcillosa que terminaba en la boca de una pequeña sima y no iba a ser sencillo llegar hasta él. De haber llevado cuerda la habría usado, pasándola por detrás de algún árbol cercano y descendiendo en rápel, pero no era el caso. Si quería documentarla y guardar constancia de aquel hallazgo, más le valía arriesgar aquel último metro que en la montaña siempre resulta tan peligroso y que se había cobrado la vida de tantos.


     Hechos los preparativos oportunos, se dejó deslizar suavemente con los pies por delante y se detuvo una vez que llegó a la altura requerida, clavando firmemente los bastones en la tierra, frente a la seta, para así hacer de tope y evitar sustos innecesarios. Estaba arrodillado junto al exótico espécimen, documentándolo con su móvil, cuando el organismo fúngico convulsionó y liberó millones de esporas directamente en sus ojos y boca. Inmediatamente, fruto de un acto reflejo motivado por el asco, el miedo y la ira, se incorporó y comenzó a patear los tentáculos rojos que esta tenía por apéndices, destrozando también el gigantesco huevo, de tono blanquecino y aspecto mucoso, del que había brotado dicho ser. Lamentablemente para él, en uno de aquellos lances el barro le jugó una mala pasada, resbaló y cayó de espaldas sobre uno de sus bastones, llevándose un fuerte golpe en la espalda que lo dejó aturdido e incapaz de reaccionar, mientras se deslizaba como un peso muerto por la pendiente.


     Más tarde, al recobrar el sentido, se dio cuenta de que estaba colgando boca abajo. Afortunadamente para él, un pequeño acebo le había impedido seguir descendiendo a cambio de unos pequeños cortes superficiales. Estaba magullado, sí, pero nada le dolía tantísimo como para pensar que tuviera algo fracturado. Echó la cabeza hacia atrás, dejándola caer, y observó el agujero por el que casi había terminado siendo sumido. De repente, el terror cobró forma. A escasos metros de donde él se encontraba, vio palpitar, contraerse y expandirse a una masa medio sanguinolenta de la que parecían brotar las extremidades y los rostros de distintos animales, todos ellos liberados de su estructura ósea más elemental. Pero lo peor de todo es que no parecían estar muertos, aunque tampoco nadie podría haber asegurado jamás que estuvieran vivos. De repente, algo aulló en las profundidades y su sonido se extendió a lo largo de la cavidad. Aquella era un cacofonía gutural y desgarradora, amplificada por las reverberaciones producidas en la roca. Aquello ya fue demasiado para sus nervios. Se irguió tan rápido como fue pudo y comenzó a ascender la pendiente ayudándose de los bastones.


     Al llegar al límite superior no se detuvo, sino que siguió corriendo a trompicones hacia su vehículo, cayendo, revolcándose y volviéndose a levantar. La luz era la culpable. Había comenzado a sentir síntomas de fotofobia que se agudizaban con el paso de los minutos. Además, un extraño dolor muscular tampoco le ayudaba a mejorar sus prestaciones. Se sentía cada vez más débil y agotado. En un momento dado, intentó aclararse los ojos con agua, pero no le valió para nada. Necesitaba acudir al médico cuanto antes.


     Llegado al vehículo, desbloqueó las puertas y se dejó caer en el asiento del conductor. Había perdido los bastones en algún momento de la carrera, pero aquel detalle se le antojó insignificante. Rebuscó en la guantera sus gafas de sol y se las enfundó. Aquello le brindó un alivio momentáneo, pero eficaz. Al menos, ahora podía mirar hacia el horizonte sin tener que cubrirse con los brazos.


     Intentó tranquilizarse, pero no podía obviar lo que acababa de vivenciar, como tampoco podía olvidar la sensación causada por aquellas malditas esporas que casi lo ahogan. La culpa la tenía aquella maldita seta. La culpa era de la estrella roja, de ella y de sus cinco tentáculos rojos que como un diabólico pentagrama habían sellado su destino. Si no hubiera sido por ella, nada le habría pasado. Si no hubiera sido por ella, no tendría millones de esporas en sus mucosas y recorriendo su torrente sanguíneo. Maldita ella y su mala estrella. Maldita su suerte y maldito él.


     Arrancó el coche y comenzó el viaje de vuelta hacia casa. Allí, tal vez, podría organizar su cabeza, llamar a algún familiar y pedirle ayuda si lo llegaba a considerar necesario. Pero todo empezaba por llegar a casa, lo que no iba a resultar sencillo.


     Durante el trayecto comenzó a sentir que su piel comenzaba a formar extraños pliegues y que sus dedos se aferraban al volante con una extraña elasticidad. El aspecto que comenzaba a dibujarse en el espejo no resultaba nada halagüeño. De repente, las gafas se le cayeron de la nariz y tuvo que sujetárselas contra el rostro como buenamente pudo, mientras sus dedos se combaban por la presión. Asustado, metió una marcha más y aceleró. El cuatro por cuatro parecía volar sobre el asfalto.


      Tras una serpenteante y complicada carretera de montaña, vislumbró al fin las casas de madera y piedra que salpicaban el hermoso valle de sus ancestros. Los campos de colza ya habían sido sembrados, mientras que el resto de la tierra se guardaba en reposo, protegiéndola de las más que probables heladas del invierno.


     Al llegar a las estribaciones del pequeño pueblo donde había residido su familia las últimas trece generaciones, aminoró y tocó repetidamente el claxon esperando que, por alguna casualidad, alguien acudiera a su llamada. Pero no obtuvo respuesta. A juzgar por la hora, todos debían de estar aún en la ciudad. Aparcó el vehículo bajo uno de los aleros de la sidrería familiar donde tenía su residencia, apagó el motor y abrió la puerta del coche. Extendió las piernas y dio un pequeño salto. Cayó de bruces en el suelo. No tenía tensión muscular suficiente para sostenerse en pie. No iba a resultar fácil.


     Imposibilitado como estaba, decidió arrastrase hasta el lagar, por cuanto que estaba ubicado en la planta baja y permitía el acceso directo a los servicios del restaurante. Desde allí podría descansar y llamar por teléfono en busca de la ayuda que tan imperiosamente requería. Sin embargo, todo quedó en un propósito. De súbito, su cuerpo comenzó a sufrir violentas convulsiones y espasmos. A partir de ese momento, su esquema mental y su pensamiento mutó. Había dejado de ser él, de controlar su cuerpo y su razonamiento. Su sinapsis se había colapsado y había dado lugar a un nuevo ente, consagrándose como la única realidad biológica del organismo que había parasitado. 


  Tras desprenderse de sus ropas, se arrastró hasta uno de aquellos gigantescos y envejecidos toneles en torno a los que, cada año, la gente se agolpaba para disfrutar de su preciado líquido mientras degustaba la mejor carne.


     Para entonces, sus hermanos y él ya habían preparado todo lo necesario de cara a la próxima temporada de sidra y habían limpiado las cubas para su posterior uso. Tan solo necesitaban que les llegara el ansiado pedido de manzana bretona para dar inicio al proceso. Pero, a él nada de aquello le importaba ya.


     Abrió la tapa y con la primera bocanada comprobó que olía intensamente a moho y humedad. Aquel era el lugar perfecto para completar su metamorfosis, para la que resultaba completamente indispensable la más absoluta ausencia de luz.


     Gracias a un complicado escorzo, empezó a introducirse en el gigantesco recipiente a través de la pequeña abertura que los sidreros utilizaban para retirar la madre y limpiar las cubas. Era aquella una tarea peligrosa que en su momento le había llegado a costar la vida a su propio abuelo, como consecuencia de inhalar los vapores tóxicos del alcohol. Pero de eso hacía ya muchos años, muchísimos, si bien, para entonces, el tiempo había dejado de tener sentido para él. Ahora tan solo seguía a su instinto, el mismo que lo impelía a cometer el mayor pecado que todo hombre puede cometer contra sí mismo. Aunque, seguramente, para entonces había dejado de ser ya humano.


     Introdujo primero un brazo, seguido del hombro; luego la cabeza, el otro brazo, el torso y finalmente las piernas. Cerró la tapa tras él y se arrastró hasta el fondo de la cuba. Apoyó la espalda contra la madera y dejó que la maldición que había recaído sobre él cumpliera con su cometido. Poco a poco, su cuerpo se fue convirtiendo en una masa viscosa y macilenta hasta fundirse con las tablas de madera. 


     Su último pensamiento fue que ahora le tocaba a él ser la madre de la sidra que algún día se fermentaría allí. Ese sí que sería un digno final a su corta e inútil vida humana. Un final que se convertiría en un nuevo principio de la mano del germen que brotaba dentro de él. Un comienzo que brotaría de la mano de la sidra nueva, por la que una multitud brindaría y con la que saciarían la sed.


Fotografía: Roberto Bernal
Fotografía: Roberto Bernal

Semblanza


Iñaki Sainz de Murieta (Donostia-San Sebastián, 1985) es un antropólogo, escritor y guionista guipuzcoano de reconocido prestigio. Cuenta con una profusa producción que figura en el catálogo de editoriales de España, Argentina y Estados Unidos, siendo la narrativa, el ensayo y el cómic los géneros que más ha trabajado y por los que más se reconoce su obra. De entre su abundante catálogo, destaca especialmente su colección juvenil Las aventuras de Kanide, que consta de siete títulos hasta la fecha, sin olvidar por ello los cómics de carácter histórico, su novela Ik’hue. Lazos de sangre o la publicación Narraciones y leyendas vascas.


@imurieta

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