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Erótica nostalgia

La poesía, según Vicente Huidobro, «nos hace ver todo como nuevo, como recién nacido». Desconozco una mejor definición para los poemas de Soledad Monticelli. Sus versos evocan un mundo propio, desconocido por limpio, que tiende más a la evocación que a la transparencia. Y aun así, nos tocan como los dedos de la mujer de siempre, de la madre que nunca se ha ido. Leerla es encontrar el alivio y la terapia de la noche que congrega a todas las estrellas. Su lenguaje es rico en la sinestesia; fluido en el ritmo; y con imágenes envolventes y tan vivas como cuerpos que se expresan desde lo erótico, lo opuesto y la nostalgia. Si la condición humana ha sido exiliada del Paraíso, las metáforas de la poeta bonaerense nos reencontrarán con lo que verdaderamente somos.


Ismael López Gálvez


De horizontes


Sueño contigo como sueña una exiliada,

un expatriada abandonada a su suerte

                            tras tus floridas fronteras.

Avanzo sobre un césped verde

y diviso tu cuerpo,

ansiosa, cruzo la línea

                          y me miras,

me miras con tus ojos de oveja y de águila,

me mira tu boca de pez

que se entreabre

y me hablas, me dices algo,

pero tus palabras se tornan signos transparentes,

inaccesibles.

Me hablas con una voz que no entiendo.

Me mira tu pelo erizado, estirándose

                           como negras pestañas.

Me miran tus brazos y se extienden hacia mí

con un sólo parpadeo.


Todo tu cuerpo es un ojo que me observa.


Toda tu piel me interpela con una honda mirada

con perfume a madreselva.

Sueño contigo como sueña

una desterrada,

una extranjera expulsada

           de tus sinuosas orillas

                     de tu pronunciada periferia.


Avanzo sobre un camino de piedra y diviso tu cuerpo,

Impaciente, atravieso de un salto tus murallas

               que se vuelven puentes,

flotas sobre el agua, sonriente,

                             soberbio.

Brillan tus dientes de nácar,

murmuran tus labios un secreto que no capto,

                             te enojas,

todos tus ojos me lanzan una helada mirada.


Tu cuerpo se transforma en ola y me tumba,

                          me derroca,

me aleja de golpe,

y ahí quedo,        relegada,

                                             desierta,

Una negrura apretada y precipitada me envuelve.

Me hundo entre algas amarillas y oscuras anémonas.

Ambos despertamos ante la alarma vespertina,


una sábana se enreda en mi pierna izquierda.

Creo ver oscuras pestañas movedizas entre tu pelo.

                       —¿Quién eres? —pregunto.

Aun así, preparo el café como hace diez años

Y , resignada,

                         beso al desconocido.


Los miedos de la noche


La noche avanza de puntillas sobre los techos,

Sus pies de pluma y carbón

son silenciosos y oscuros.

Abrazan las ventanas sus brazos de basalto.

La noche tiene dientes y muerde el techo que cruje,

la noche emite susurros llenos de ojos alertas

la oscuridad muestra su piel espesa y preta,

la habitación se vuelve cueva,

pozo, madriguera.

Te aprietas junto a mí,

sollozas, tiemblas.

Te abrazo y te digo:

Calma, la noche no es sólo esto.

También es acogedor silencio,

Descanso para todo lo que suena;

Remanso para todo lo que se piensa;

lienzo negro que descubre todo lo que brilla,

como este fuego, estos ojos y esta orilla.

Nuevamente te abrazo y te digo:

Calma, hoy puedes estar contenta,

abre la ventana,

asómate,

Mira sin miedo hacia afuera,

la noche trajo consigo todas las estrellas.


Deseos de agua


En mi recuerdo, tu pelo es una cascada

de bronce y ébano que cae

y se divide y se enreda entre las rocas,

tus ojos son el único cielo que me quedó

de esa playa,

mis manos, en ese joven tiempo,

transpiraban futuro y libertad y eran uno solo.

Tuve tus sales de verano y tus noches de incienso,

tuve tu frescura de orilla y tu espuma precipitada.

Mis manos, en ese joven tiempo,

inconscientes,

te soltaron amarras,

y te escapaste entre las olas,

y te convertiste en agua,

agua, del que hoy estoy sedienta.

Como quisiera hoy volver a ti cual isla desierta,

virgen de amor y de besos, hielo en la arena ardiente,

como quisiera hoy asirte hacia mí

con anchas cuerdas de barco,

y navegar cada noche contigo como libre vela,

y que tu estandarte me guie a sortear nuevos vientos.

Hoy, eres el destello que augura la mañana,

hoy, eres el resplandor del vigor añorado,

hoy, eres la luz que desesperadamente ansío ver,

pues tanta libertad, en este viejo tiempo,

me ha dejado ciega.


Soledad Monticelli, de Lo que nunca te dije (Peripecias Libros, 2025)


Soledad Monticelli (1981, Monte Hermoso, Argentina) es una artista polifacética: escritora, dibujante, pintora y escultora, formada en la Facultad de Bellas Artes. Su trayectoria literaria, reconocida con la medalla de oro al mejor promedio académico, destaca por una prolífica producción premiada internacionalmente.

     Ha sido declarada Embajadora Cultural de su ciudad natal y distinguida como Embajadora de la Palabra por la Fundación César Egidio Serrano en Madrid. Entre sus numerosos galardones sobresalen el Primer Premio de Poesía Rostros (2018), la Mención Máxima en el Premio Intercontinental Latinoamericano de Oro (Venezuela, 2019) y el Primer Premio en el XXX Concurso Literario Internacional de Miami (2021).

  Autora de una obra vasta que transita entre la poesía y la narrativa, ha publicado títulos fundamentales como La transparencia de las piedras (2018), Cuando duermen los dioses y las bestias (2020), y las novelas Habitar el viento (2023) y El amor más amarillo (2025). Su voz, presente en antologías de España, México, Perú y Estados Unidos, la consolida como una de las figuras más relevantes y constantes de la literatura bonaerense contemporánea.

      Los poemas aquí presentados son parte del libro Lo que nunca te dije de la editorial Peripecias Libros.

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