Epifanías de lo hondo, poesía de Carlos Durán
- Palabra que dormía

- hace 12 minutos
- 3 Min. de lectura
Entre la piedra húmeda, la herida abierta y la memoria que aún respira, estos poemas se despliegan como un mapa íntimo de la pérdida y la persistencia. «Grutas», «Veneno taciturno» e «Inviernos salvajes» conforman un itinerario por los recovecos del alma: lugares donde el cuerpo es también territorio, donde la voz tiembla pero no calla.
En «Grutas», la experiencia del descenso —literal y simbólico— nos enfrenta a la fragilidad y a la comunión con la oscuridad, con esa agua que purifica y hiere. «Veneno taciturno» es el registro del dolor que permanece, del eco del pasado que se resiste a ser enterrado. Finalmente, «Inviernos salvajes» nos conduce al recuerdo de un amor y de una época marcada por la inocencia perdida, por la intemperie del alma ante un mundo que se descompone.
La escritura aquí no busca consuelo; busca testimonio. Cada verso es una incisión en la memoria, un intento por mantener vivo lo que el tiempo intenta sepultar. Son poemas que huelen a tierra mojada, a fuego apagado, a carne y a espíritu: una geografía de lo humano, trazada con la tinta de la resistencia y del asombro.
Poesía
Veneno taciturno
Este veneno taciturno sabe a culpa
alambre para bestias de la noche,
Intento sepultar el cadáver del pasado
con valentia no venida del carácter.
Llega la mañana con todos sus rencores.
Ya no sé,
¿soy carroña o carroñero?
¿patria desterrada de su tierra?
vestigio de dolor de uñas extirpadas
por las pinzas del futuro en cada sueño.
Espectros atan mi cordura
para destasarla en cada expectativa
¿Volverá el dormir continuo?
¿Cesará el rechinar de dientes?
Solo queda la fuerza en mis tendones
que se desgarran cada vez más
hacia la muerte.
Grutas
Desplante de memoria
a las grutas en Cuetzalan
dónde el río te afirmaba
libre,
resuelta,
entre los senderos
de sombras deformadas,
con el agua al cuello
con el frío en la médula.
Yo me guiaba con lámpara
tu hablándo con la caverna.
El complicado ascenso
fue nuestra epifanía,
lo llevabas con la suavidad
de un animal de montaña,
yo con caídas
que dejan sangre aglomerada
debajo de las uñas
esguinzadas las horas
olores monótonos
sin verdes conjugados,
casa de adobe mal cocido
desahuciada de futuro
endeble a tu mirada,
que no mira sobre el hombro.
Inviernos salvajes
Los inviernos de montaña fueron salvajes esos años
aunque para nosotros fuera el olor de piloncillo,
tejocotes
y cañas.
Un día la realidad me cosió los dedos que te hilvanaban versos
destrozando mis labios en formas cada vez menos simétricas,
el frio te llego de golpe
tuviste que buscar el calor en el mar,
los desiertos infinitos,
los senderos intrazados.
Seguiste intentado cambiar al mundo
no te importo Schopenhauer cuando te leía
«dejaremos este mundo tan malo y tan tonto como lo encontramos»
vi tu esperanza crecer
mientras te lastimabas las manos
recogiendo la podredumbre vomitada por las olas
recogiendo la podredumbre

Foto por Roberto Bernal
Semblanza
Carlos Durán. De nacimiento y vida en las calles del monstruo urbano de la CDMX, que por tecnicismos (o practicidades), sus padres le cargaron al registro civil de un pequeño pueblo de la sierra poblana, estado que hoy carga con orgullo en el pasaporte y en la charla. Con un interés bravío desde niño por los libros, la música y la ciencia, comienza sus primeros escritos en la escuela secundaria guiado por el poeta mexicano Daniel Téllez. En la búsqueda de música y letras, el devenir lo lleva a cursar sus estudios de bachillerato en el colegio de ciencias y humanidades en el lado sur de la ciudad, donde la filosofía aparece en el camino como un páramo abyecto, misterioso y libre. El brío de su juventud lo llevó al camino de la techne, cursando la licenciatura de Ingeniería Química en la UNAM y una maestría en Catálisis en colaboración con la universidad de Málaga. Al día de hoy, un participe activo de foros literarios, talleres de filosofía y poesía.





Comentarios