La construcción poética del territorio amoroso en la poesía de Hans Giébe
- Palabra que dormía

- 28 dic 2025
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En la selección de poemas de Hans Giébe que se presenta a continuación, el poeta nos invita a recorrer un territorio donde el cuerpo y la palabra se confunden con la geografía del deseo. Desde la evocación de lugares concretos ―Amecameca, Venecia, París― hasta los paisajes más íntimos de la carne, su voz construye una cartografía del anhelo que trasciende lo físico para volverse experiencia del ser. La geografía no es aquí un simple escenario, sino una extensión del cuerpo amado, un espacio en el que la memoria y la pasión se sedimentan como capas de un mismo paisaje interior.
En estos poemas, la sensualidad se convierte en lenguaje y el lenguaje en piel. La palabra toca, roza, envuelve; es una forma de posesión y de entrega. Giébe escribe desde lo sensorial, donde cada imagen convoca la temperatura del deseo, la humedad del mar o el roce de la piel. El erotismo no se plantea como mero impulso carnal, sino como una forma de conocimiento: un diálogo entre la materia y el espíritu, entre el instante y la eternidad.
Así, el cuerpo se vuelve territorio compartido, punto de encuentro donde se disuelven las fronteras de la otredad. En ese espacio simbólico, amar equivale a habitar, y el poema es el lugar donde ambos ―el yo y el tú― se reconocen en su mutua vulnerabilidad. Hans Giébe nos entrega una poesía que no teme al exceso ni a la ternura, una escritura que entiende que todo deseo es, en el fondo, un modo de existir en el mundo.
Araceli Gutiérrez Olivares
Poesía
AMECAMECA
A Karen Ochoa,
estos versos premonitorios
Tan fruto y tan mía eres
que tanto habré de degustarte a solas.
Mujer que te embelleces
en cada paso dado sobre arena,
abstraída, cautivadora, etérea.
Mirasol de la tierra,
del tiempo roto en el curvado péndulo
y el medianil del astro
sin que él mismo supiera.
Te veo en Venecia o en Amecameca,
en París o en Noruega,
de tez mediterránea te anhelo,
culminada a párpado bronceado
de pálidos embrujos y perfumes,
te miro en mis húmedas almohadas.
Me cautivas hondo y hondo me consumes
con la malla del liguero y el encaje,
que enredas y que ajustas,
a las nocturnas redes de tus piernas
o al mousse crepuscular de tu cabello.
Hembra mía, radiante,
hechicera ojidulce,
recibo tus caricias terciopelo
en complemento a tus prístinas uñas,
abrevando de tu cauce en la cama
del ombligo a tu pecho.
Mujer mía, es verdad,
que todos esos cisnes
se parecen demasiado a los ángeles,
y es verdad que soy yo
lo más cercano y semejante al cisne,
pues nuestra filiación
es por un hilo de luz en picada
al fondo del océano,
con seres condenados
al oscuro ritual de su descenso.
Fémina de atunados labios, dama,
rajada vulva que ama
al respiro leve, al compás imberbe
de mis ardientes sueños,
pues cambié por ti diez gotas de sangre
por una sola de semilla láctea
que le ofrendé a tu espalda.
Recogimiento en flor,
el ideal y el eros
de nuestra carne conjugada en carne.
Lo único que yo he podido tomar
de vetustos y fríos callejones,
es esa sombra que arrastran mis pies
bajo épicos balcones.
Mujer, ya no suspires,
deja la memoria intacta, serena,
pues tendrás mi bufanda
y mi alunada noche por consuelo.
Empieza a clarear esta mañana
y te veo a mi lado.
Recordarás esta verdad por siempre:
todo corazón ya nace ocupado
por el constante anhelo
de amar o ser amado.
ANÉMONAS
Envuelve
mi cuerpo con tu cuerpo
hacia el surco del rojo coral
y sus carnosos humedales
en tu pequeña boca
de anémonas risueñas.
Allá abajo,
navego y navego,
inerme a la deriva
y en restriego suave
de saladas oquedades.
Envuelve
mi cuerpo con tu cuerpo
en la ola perpetua
que en condición de mar
acepta mi simiente.
En tu mano, en tu cadera,
con mi pincel
embadurnando de perlas
el sendero de la vértebra
y el lumbar ardiente.
Marina dicha de siameses
antes de volver el sol,
pues a pesar de ser
un cautivo diurno,
todas mis creaciones
son nocturnas,
porque venero
el sopor que viene
como respiro suave
del clamor y la agonía.
Entrevista
Hans, nos gustaría adentrarnos en el origen de tu voz poética: ¿Cómo fue tu acercamiento a la poesía?
Fue un tanto esquivo, con desdén e invalidación por esa forma de respiro llamada poesía. Yo nací con más inclinación a la pintura que a la poesía. Desde niño leí tomos y tomos de historia, biografías, ensayos, novelas clásicas, revistas científicas y hasta cómics, pero no poemarios. Imaginaba a los poetas unos histriones con la sensibilidad exaltada, buscando la vulgar mirada y los oídos de la masa. Con fragmentos en el aire, de voz en voz, me llegaba una versión maltratada de los versos de los grandes poetas a través de actores, conductores de televisión y eventos escolares que, en aparente dominio del tema, hacían una mofa cursi del oficio.
Sin embargo, la poesía siempre estuvo presente en mi vida con sus disfraces imperceptibles. Las lecturas de mi abuela en San Miguel Regla, con rosario en mano, y los textos bíblicos como El Cantar de los Cantares o al hojear yo el capítulo de los Proverbios fueron los primeros contactos que tuve con una muestra superior de literatura y que reencontré en mi adolescencia con una maravillosa polaridad a través de la obra de William Blake en The Book of Thel y los Proverbs of Hell. Fue esa mi reconsideración, mi despertar y el respeto que hasta la fecha le tengo a la poesía de gran acabado.
Aunque puedo datar mis primeros versos cuando tenía quince años, y, aun desdeñando a la poesía por aquel entonces, allí estaban de manifiesto las formas del poema en mi imberbe estilo de escritura. El resto del proceso fue simplemente respetar el pacto que alguna vez hice con mi pluma, dándole prioridad sobre los pinceles.
En ese tránsito entre la pintura y la palabra, y considerando tus primeras afinidades literarias, surge inevitablemente la pregunta: ¿quiénes son los autores con los que tu espíritu se siente más cercano?
Podría mencionar una pléyade de autores por cada lengua occidental de las que me he alimentado, y no occidentales también, pero seguiré siendo fiel a quienes me fueron formando exclusivamente en la poesía y mencionaré solo a tres de algunas lenguas con una tradición literaria sólida, histórica y trascendental. Francés: Gérard de Nerval, Charles Baudelaire y Arthur Rimbaud. Inglés: William Blake, Walt Whitman, Dylan Thomas. Alemán: Johann Wolfgang von Goethe, Novalis y Georg Trakl. Griego: Homero, Safo de Lesbos, Yannis Ritsos. Italiano: Virgilio (latín), Dante Alighieri, Pier Paolo Pasolini. Español: Luis de Góngora y Argote, Sor Juana Inés de la Cruz y Rubén Bonifaz Nuño.
Después de repasar estos nombres, de reconocer cuánto pueden moldear y despertar la voz propia, surge inevitablemente una pregunta que ha acompañado a toda tradición literaria: ¿el poeta nace o se hace?
Definitivamente nace, como dice la máxima latina desde hace siglos «poeta nascitur, non fit», aunque grandes autores como Lewis Carrol hayan querido demostrar lo contrario sin éxito. Muchos confunden las formas con las esencias. El poeta nace esencialmente poeta, es decir, no requiere más que una chispa de sí para iniciar el incendio con su ritmo, imagen y metáforas sobre el verso y manifestar su potencia en cualquier edad.
No obstante, las lecturas de las obras clásicas de los poetas que lo preceden son la base para mejorar la propia técnica, pero la llama creativa viene con él desde su nacimiento. Alguien que es un narrador y usa el verso para seguir narrando, definitivamente no es un poeta; y esos abundan, son el noventa y tantos por ciento de los que se llaman poetas, o lo que sus amigos, familia y funcionarios públicos les han hecho creer.
Al poeta lo distingue otro poeta, generalmente con acumulada experiencia, o un lector muy avezado para ser identificado como poeta. Esta es la función más importante del otro como espejo, pero debe ser un espejo del mismo tamaño, grosor y nitidez.
El poeta nace con una llama interior que ninguna técnica puede encender si no existe de antemano. Sin embargo, esa chispa necesita del lenguaje y de la experiencia para manifestarse, para encontrar su cauce en el poema. Y es precisamente en ese punto donde surge otra cuestión esencial, inevitable para quien busca comprender el arte que lo habita: ¿cuál es tu definición de poesía?
La poesía ya viene definida al mundo. Poco o nada podría yo agregar a ese acontecimiento. Sin embargo, a lo largo de mi labor escritural, regreso a la definición de qué es poesía, como lo hacen los filósofos al preguntarse cansada y reiteradamente por el ser sin jamás aburrirse de ello o llegar al fastidio total por esa necia pregunta, pues la respuesta quizá sea lo que menos importa. Para mí, la poesía es el incendio, pero, sobre todo, las cenizas que deja ese incendio.
La poesía, entonces, se manifiesta como fuego y como resto, como revelación y cicatriz. Quien escribe participa de ese misterio, consciente de que cada palabra puede arder o apagarse en el intento. Y en ese tránsito inevitable entre el hallazgo y la pérdida, surgen nuevas voces que buscan su propio tono, su verdad en el lenguaje. Por eso, me gustaría saber: ¿qué consejo darías a aquellas voces que apenas empiezan a elevar su canto?
No sé si sea el indicado para dar un consejo, pues la experiencia de la poesía es unipersonal y polivalente, pero este sería mi posicionamiento: les diría que abracen su naturaleza. Ningún reconocimiento, sea de premio, publicación o beca, en cualquiera de sus formatos públicos, indica fehacientemente lo que hace dichoso a uno como persona. Si buscas tu esencia creativa en base al reconocimiento, la pose y los reflectores, entonces quizás la poesía no sea tu esencia. Si la literatura o el arte en general son parte de tu esencia, aparta unas horas al día para darles su espacio en caso de que te sea difícil desprenderte de las cadenas de este mundo. Incluso, si vieras a la poesía como un hobby, se le debe dedicar solemnemente tiempo para la lectura de buenos poemarios y tiempo para ejercitar tu pluma. Si logras sustentarte con la publicación, intercambio o venta de tu obra, dedícale unas horas al mundo, pues allí está la fuente de tu creatividad, innovación y renovación como poeta.
La conversación se disuelve como la bruma que deja el amanecer sobre la palabra. Queda la certeza de que la poesía no se explica: se vive, se arde y se renueva en cada lector, en cada voz que decide enfrentarse al silencio.Más allá de los nombres, los premios o los escenarios, la poesía sigue siendo ese incendio interior del que hablaba el autor, esa chispa que ilumina por un instante la vastedad del mundo. Y mientras existan quienes busquen su verdad en el verso, habrá poesía. Porque, al final, el poeta no habla solo: es la voz del tiempo intentando recordarse a sí mismo.

Hans Giébe. (Pachuca, 1981). Es escritor, editor y abogado. Su primer libro fue Discurso Crítico sobre lo Humano y lo Justo (2006). Lo han publicado en Holanda, Francia, Perú y Argentina. En México: Evocación al Silencio (2013), Linaje de Caín (2020), Solipsismos (2022), De Barro y de Ceniza (2023), entre otros. Sus escritos han sido incluidos en más de una docena de antologías. Lo han traducido al inglés, francés, italiano, neerlandés y hñähñu. En 2021, recibió un reconocimiento estatal a la trayectoria literaria en el 34 Festival de las Artes Enrique Ruelas. Es presidente de la Asociación Civil ARS Artistas en Retribución Social, director del Festival de Letras Hidalguenses y fundador del sello editorial Vozabisal S. A. de C. V.





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