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Rubén García Cebollero, humanamente homérico

Si existe un héroe homérico que pueda definir la poética de Rubén García Cebollero, ese sería sin duda Diomedes: un guerrero infatigable, sin fulgor divino, tan humano como tú y como yo, pero con una esforzada voluntad que hace herir incluso a los dioses. Sus versos, cargados de una fuerza inquebrantable, golpean como solo lo hacen los valientes que prefieren la vanguardia en el fragor de la guerra. No dispara desde atalayas, no es el protegido de ningún dios caprichoso; solo se tiene a él mismo y la convicción de quien dice lo que tiene que decir porque no debe nada a nadie. 


     Su poesía es un acto de resistencia que nace en la madrugada, bajo el frío de las farolas, bajo la luz guardada de la ciudad dormida. Su espíritu es el de un guerrero que sabe templarse, que observa todo cuanto hay a su alrededor, pues es consciente de que todo puede herir y todo puede también salvar. Leer a Rubén —así, sin apellidos— es comprender que en lo más ínfimo e inadvertido puede haber una verdad revelada, como la muerte escondida tras los detalles mínimos de los relieves y grabados que ornamentan el peto de los héroes.


Sobre la poesía

Por Rubén García Cebollero



Escribir nunca es fácil. Si uno dice que no tiene tiempo, lo que no tiene son ganas. Para escribir, hay que querer. Hay que necesitar. Hay que vivir.


     Un buen verso es eterno, igual que un buen libro. Aspiro a que mis versos sean luciérnagas en mitad de la oscuridad, que resuciten para romper todas las burbujas, y acompañarte con un sencillo susurro: el rey cabra, el samurái, el maestro del eco sigue aquí.


      Agradezco el paisaje, cerca del cementerio de Montjuich, y el horario, de cinco a siete de la mañana, que me han permitido escribir los versos de este poemario. Aunque resulta difícil de creer hay gente malviviendo a esas horas, alguien que te pide un cigarro, algún coche de policía que aminora el paso a su paso y se pregunta qué hace (sin saberlo el poeta) «ese» en un vehículo a estas horas, o la pareja que aparca justo detrás: ella tiene un problema con las adicciones, vomita y vocifera y asusta a las gaviotas. Acaba por irse: ha dejado tan solo en el paisaje la marcha veloz de un mendigo, habitual de la zona, que nos recuerda la fortuna de todas las burbujas.


Fragmento del prólogo

de La resurrección de las luciérnagas


Poesía


En Chernóbil


Se detuvieron todos los relojes.

La nada lo fue todo.

Las cosas y el paisaje

sin personas quedaron

como barcos varados en la sombra

de una perpetua noche.

El futuro confundió al pasado.

Supimos que no sabíamos

y pudimos cambiar,

incluso lo quisimos,

pero ha pasado el tiempo y está claro

que nunca hemos cambiado,

que nunca conseguimos

detener la hemorragia,

archivar la impotencia,

advertir en el momento justo

que otro mundo es posible.


De Todos los abrazos que nunca me diste




Ser humano


Un ser humano está siempre del lado

del mártir, del humillado, del ofendido.

No puedes estar nunca del lado del verdugo.

Lo que del corazón surge

ninguna retórica necesita.

Los pinos y el bambú lo saben.

Busca lo que buscaron

quienes también tenían corazón.

Reconoce de golpe la frialdad de una palabra.

Todo sucede con una última e irreversible

sinceridad que da forma al dolor.

Soportar el tacto del mundo.

Comprenderlo. No poder dar la espalda

a la época que nos descubre,

esa especie de magia que intuye la memoria

para hablar (volver a hablar) de quienes

lo están callando todo.


De La soledad del samurái




La crueldad del tiempo


Susurra Gamoneda siguiendo a Juan Ramón

que la poesía nunca es literatura,

que la literatura representa una realidad,

y la poesía es una realidad en sí misma.

                      Aleixandre diría que es comunicación pero tampoco

es eso. Y a veces las cosas que decimos

se vuelven en nuestra propia contra.

                                   Siles y Corredor-Matheos tal vez apuntarían

que es un proceso de conocimiento.

            Brines se empapó de la serenidad

que siempre otorga la claridad mediterránea.

                        Pero son siempre tantos, y tantas, los que invito a la voz

que es imposible quedarse con un solo susurro.

                                       Así que lo que diga a mi manera tal vez les contradiga,

algo tenemos todos de astillas literarias,

de realidad perdida, y de canto que indaga

en las teselas rotas de un imperio perdido,

en la vida quemada que eleva sus cenizas

y en el rastro de versos que vuelven del silencio.

                         No sé si desconozco, o comunico, pero alumbro

alguna terquedad que insiste en la justicia

de la palabra exacta y la emoción precisa,

             y quizá los lugares, los tiempos, los abrazos

sean solo luciérnagas que no desean morir,

            que no van a postrarse ante el verdugo,

indiferentes a todas las formas que el silencio

quiere imponer al canto que incluso no cantamos.

                                     Que mi susurro sea apenas la alegría


De La vida es una caja de fresones




En las moradas múltiples


Somos las huellas

de cuanto desaparece,

la discontinuidad de los fragmentos,

el pulso helado de todos los lugares

que alguna vez deshabitamos.

Vivimos tiempo a tiempo,

arrastrando la pérdida y el peso

de nuestra levedad.

Somos el eco de un milagro,

los fantasmas que pueblan el destello

de la luz que conserva

el brillo del paisaje.

Somos el tatuaje

de ese último abrazo

que jamás nos dimos.



De El silencio del bambú




In the Multiple Dwellings


We are the footprints

of all that disappears,

the discontinuity of fragments,

the frozen pulse of every place

that once we left behind.

We live moment to moment,

dragging the loss and the weight

of our own lightness.

We are the echo of a miracle,

the ghosts that inhabit the flare

of the light that preserves

the brilliance of the landscape.

We are the tattoo

of that final embrace

we never gave each other.


From El silencio del bambú




I dei fleire boliger


Vi er fotavtrykka

av kor mykje som forsvinn,

diskontinuiteten av fragmenta,

den frosne pulsen i kvar stad

vi ein gong vi ikke budde.

Vi lever frå augeblikk til augeblikk

berande på tapet og tyngda

av vår eiga lettheta.

Vi er ekkoet av eit mirakel,

spøkjelsa som bur i glansen

av ljoset som vernar

glansen i landskapet.

Vi er tatoveringa

av den siste omfamninga

vi aldri gav kvarandre.


Frå El silencio del bambú


Foto: Rubén García Cebollero
Foto: Rubén García Cebollero

Rubén García Cebollero (Barcelona, 1975) se licenció en Derecho en la UAB y en Humanidades en la UOC. Se postgraduó en Experto en Guión Cinematográfico por la Universidad Camilo José Cela de Madrid.


     Como escritor ha obtenido diversos premios poéticos. Su primera novela, Ebro 1938, originalmente titulada Frente del Ebro, 1938 fue finalista del Premio Planeta de Novela de 2004, y fue publicada por la editorial Nowtilus. La novela Almogávares I Señores de Cornago, Gallipoli fue publicada en 2009 por Deslan. El poemario La luz de nuestras vistas fue publicado por la UAB.


     Ha escrito también guiones cinematográficos y ha sido productor asociado de la película Cruz del Sur.

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